Enero 15, 2021

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Se veía venir…

Por Jose A. Ortega 

Los peores vaticinios respecto a la última etapa del mandato de Donald Trump al frente de la presidencia de los Estados Unidos por muy poco no han estado a punto de cumplirse. La ficción en cuanto a un posible golpe de estado en la que hasta no hace mucho era considerada la primera democracia del mundo casi se convierte en realidad

El asalto al Capitolio en Washington de la pasada semana es uno de los episodios de mayor gravedad en la historia reciente de la joven nación norteamericana después de hitos como la Guerra de Secesión o el asesinado de Kennedy.

La irresponsabilidad de Trump, un personaje deplorable y grotesco, con aspecto de villano sacado de la viñeta de un cómic underground de los 70 o los 80, no solo es reprobable, sino punible , y debería ser rigurosamente castigada por la justicia para contribuir a evitar que algo así pueda repetirse. Y junto a Trump también deberían ser igualmente castigados algunos de aquellos de entre las filas del Partido Republicano que le han seguido el juego y le han reído las gracias.

El ataque al máximo órgano de representación de la soberanía del pueblo estadounidense no fue ninguna broma y, por tanto, no se puede dejar pasar por alto, y más aún teniendo en cuenta que se llevó la vida de cinco personas por delante. Está muy claro quien fue el principal instigador y promotor intelectual de la acción y el sistema legal y jurídico de los Estados Unidos dispone de instrumentos suficientes  para hacérselo pagar como merece.

Se veía venir que podía ocurrir una cosa como esta, tras los resultados de las elecciones del pasado mes de noviembre, y ha ocurrido, de manera que habrá que estar atentos a las consecuencias.

Pero no quiero acabar esta breve y apresurada reflexión sobre el sorprendente y lamentable asalto al Capitolio sin señalar que comparar este hecho, perpetrado por una horda de energúmenos, algunos de los cuales incluso iban armados hasta los dientes, con las concentraciones que aquí en nuestro país se han producido en alguna ocasión alrededor del Congreso de los Diputados o el Parlamento de Cataluña es de un cinismo que clama al cielo y no se entiende que quienes van de moderados en el teatro de la democracia española se suban a ese carro, como para restarle importancia a la cosa.

No se puede confundir el derecho a manifestarse libre y pacíficamente con un conato de sedición o rebelión como el que hemos visto en Washington, prácticamente casi retransmitido en vivo y en directo.

En España, cuyas instituciones políticas y judiciales tienen también sus muchas virtudes, a pesar de que a veces las criticamos en demasía, quienes se han atrevido a retar al estado de derecho están, afortunadamente, en la cárcel, y es bueno que esto se recuerde, en particular a los conspiranoicos de turno y a los que acostumbran a sembrar dudas infundadas.

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